martes, 23 de febrero de 2016

Kuna



Kuna es luna y es agua. Femenino. Iñaki Arruebarrena avanzaba a paso lento, pero firme, cargando los tubos de 4 pulgadas por el sendero hacia la loma sobre la cual habrían de ser distribuidos para la instalación que llevaría el agua a la aldea. Era el mes de agosto de 1983.
El año anterior había participado en otro campamento concientizador, que así lo llamaba su organización, en esa misma aldea. Entonces había aprendido algunas nociones básicas de la lengua, y habían participado en las tareas campesinas familiares. Recordaba que a él le había correspondido, una vez realizada la distribución a primeras horas de la mañana del día siguiente  al de su llegada, en reunión colectiva presidida por el cacique, -le había correspondido- el apoyo a la familia Romero. En ese agosto, la tarea consistió en talar una buena extensión del monte y prepararlo para la quema y la siembra. Los libros de la Geografía Económica que le entregaron para conocer algunos datos básicos del país se encargaban de responsabilizar a los indígenas y campesinos de estas prácticas atrasadas y depredadoras. Nada decían de por qué estos pueblos se encontraban, arrojados y sin tierras llanas, en lo más abrupto de la sierra.
El trabajo había sido duro. Dos horas de camino por brechas en la montaña, para llegar al terreno. 3 horas de tala. Un pequeño descanso reconstituyente. Romero había desenterrado un racimo de cambures manzano, protegido así de los animales cuando aún estaba verde, y habían dado al traste con todo él. 2 horas más de tala. Una caminata a la quebrada cercana, de la que poco a poco, el rumor de sus aguas iba invadiendo el espacio como un concierto de Silvio en vivo, en el imaginario transitar desde algún lugar remoto hasta el mismísimo escenario. Sueño con serpientes, con serpientes de mar… Y era el río. Por fin, pudieron tomar el agua tan necesaria, sin límites impuestos. Tan sólo con el consejo: “no se llenen el buche, nos toca caminar de vuelta”. Equilibrio natural. El trabajo de tala era rudo. La montaña era selva. La herramienta: un machete, y el apoyo de un garabato preparado por Romero. Un adiestramiento básico y ¡adelante! Iñaki era hijo de campesinos y hábil para el manejo de la azada, pero la falta de práctica reciente en su uso agregó unas vejigas en sus manos. A los brotes tiernos de las zonas taladas el año anterior se sumaban algunos árboles más recios de tal vez cinco o seis años, todo intrincado de vegetación selvática. Era su recuerdo vivo. Junto a unas pocas palabras que anotó, según su oído rústico pudo interpretar: kuna; ajorérera, para la reunión colectiva, en círculo; kumuko patxi, que sorpresivamente incorporaba el mito cristiano de la trinidad al mito primitivo de su etnia.

Ahora cargamos por tríos, un par de tubos de doce metros cada grupo, a ritmo de sendero y compañeros, realizando pequeños descansos y cambios de hombro. La avanzadilla la preside Romero, con el machete en ristre, espantando culebras, ojo avizor, y desmalezando los pasos difíciles. Unos pasos más, tan sólo, y estaremos en el lugar donde terminaron el reparto de tubos ayer –según nos dicen. Ya casi llegamos. Repentinamente: ruidos de hojas entre la maleza.
-Shhhh.
Con las manos y el cuerpo entero sugiriendo, nos indica que bajemos los tubos y guardemos absoluto silencio.
-¡Tigre!
Coje una piedra del camino, con la intención de que lo imitemos. Nuevos ruidos de hojas.
Unos segundos más, casi eternos. Adrenalina. Sudor. Palidez.
Y salta inesperadamente entre nosotros.
Es Jiménez, el otro indígena que nos acompaña, aparecido entre grandes risas de ambos.
-Sí nos jodieron.
La verdad es que los hacendados los habían jodido a ellos. Para entrar a sus tierras habíamos tenido que ocultar nuestras intenciones concientizadores y hacernos pasar por turistas curiosos y desprevenidos, con el fin de obtener el permiso de paso por la hacienda El General. El hacendado -hoy habitante de alguna ciudad distante- se había tomado para sí, no sólo las tierras productivas, sino también el camino de acceso y hasta el mismo río, alambrado para su uso exclusivo.

Kuna es agua y es luna. Femenino singular.

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