jueves, 8 de septiembre de 2016

Despedida



Estoy aquí. Junto a Alicia. Con una sonrisa leve. Mientras Pedro conversa con ese buen vecino y le saca a cuento su matrimonio, sus niñas, su felicidad, no puedo menos que leer mi propia historia. Estoy cansado. Mi panza me delata. Son los años, acumulando relatos, haciendo acopio de rupturas, amando a destiempo, sufriendo de ausencia. Dos hijos varones con Elena. Siempre tragedias. Huidas de mí, de todos. Soledades.
A Yolvis, el mayor, se lo traga la vida. Una deuda de varios miles de dólares lo tiene al límite del miedo. Su arma silbante en la noche no lo libra de la frontera. Se hace el fuerte. Junto con Albert y Boris, enconchados en la garita derruida, bajo el mamón, soplan el cañón del arma al modo como se toca una quena andina. Es un reclamo al enemigo. No sabe que el futuro es corto. Ignora la medida de las horas. Recuerdo ahora que no carga relojes. Cree que el tiempo es suyo. Cree que el tiempo no lo amarra, como a todos, por la muñeca. Ignora que el tiempo es un invento pobre y que sin reloj o con él el plomo penetra los cuerpos, los hiere, los desangra y los toma para sí.
Elena no sabe de mí, ya me olvidó por completo. Anda con un viejo desabrido que la lleva y la trae. Que esconde su amor en moto.
Aquí está Sara –la segunda opción. “Te vas a arrepentir la vida entera... Te va a doler... “ -suena la salsa. Ella baila con ese muchacho con total desenfado. Ni se digna mirarme. Edgar me hace bromas sugiriendo un amor ya perdido. No me duele tanto. Me acucia más la soledad. Me mortifica el silencio. Junto a Alicia, ninguna palabra puedo pronunciar.
Ellos conocen mi historia. Sus ironías sólo acrecientan mi ensimismamiento. La presencia de Sara tiene algo de azar. A decir verdad me ha perturbado. Yolvis y Sara me rondan una y otra vez. La impotencia me puede. Yolvis se me fue. También Sara. Ahora baila con mi hermano Adelfo que se desgarba y me mira sugerente. Tomo a Alicia de la mano como un resquicio salvador, como un espejismo invertido, como un anti-espejismo que pueda devolverme a la realidad en la que todo lo otro sea ficción. Pero no sucede. Pero no sucede.
Sigo la fiesta. La familia celebra la graduación de Nancy. Ya es abogada y la cerveza corre, y ahora son las palmas. Sigo sentado al borde. En la esquina del cuadrilátero. Se escucha el tambor. Han hecho el círculo habitual y pasan al centro sucesivamente. De pronto un kasachó que los presentes acompañan con silbidos y gritos de uh, uh, uh. El disjoki se descoyunta y decido no hacerle caso en su pretensión de envolvernos.
Sigue la noche. La neblina se echó sobre el barrio. La quebrada profunda evapora sus aguas. Apenas unas luces difuminadas se distinguen a lomos de la montaña. El vecino se va con un “Hace tiempo que no te veía, ojalá te veamos pronto de nuevo por aquí”. Pero ya lo sé. Yo también estoy de despedida.