martes, 9 de junio de 2020

9 sonetos y 9 décimas


I

Catorce versos para comenzar.
Si sirven para desahogar los días,
para alejar de ti melancolías
y para el alma desempatanar,

buen augurio son. Tenlos para armar
con ellos, un manojo de alegrías,
rosas, y claveles, y peonías,
ramo que disponga tu alma a cantar.

-No quiero flores, dice tu mirada,
nada me alivia en mi dolor fatal,
la cuarentena me tiene aniquilada.

-No pretendo una solución trivial,
pero con esta línea terminada,
versos y flores no te sientan mal.

II

Entra sutil la lluvia a fin de mayo
y prepara la siembra el campesino,
el frijol y el maíz abren camino,
y siguen mil semillas sin desmayo.

¡Y a la pandemia que la parta un rayo!
Soy capaz de escribir en pergamino:
No torcerán del pueblo su destino,
ni bloqueo, ni virus, ni lacayo.

Los pájaros levantan la mañana
con sus trinos y vuelos juguetones,
a su pausado hacer van los humanos,

y, en cuarentena, desde su ventana,
hay quienes contemplan pasar razones
y, al punto, motorizan pies y manos.



III
La venta de sardina se anunció
desde el día dieciocho por la noche,
y no deseo hacer ningún reproche
pues se compró sardina y aún sobró.

A setenta por kilo se anunció.
Hubo quien dijo: ¿quién pela ese boche?
La cuarentena no evitó el derroche
de jovialidad. Así sucedió:

Con antibacterial y mascarillas,
cumpliendo todos con el buen sentido,
llegaron a la Base de Misiones.

Desde el mango miraban las ardillas
con gran sorpresa por lo acontecido,
pues eran harto extrañas las reuniones.

IV

Requiere buena dosis de locura
educar en pandemia y en frontera,
pues cuando una barrera se supera
otra nueva aparece en la espesura.

Se figura como una noche oscura,
sin redes, sin señal y sin bloguera
amiga, que salvara como fuera
la distancia incruzable, roca dura.

Así que esos docentes que visitan,
en cuidadoso plan de avanzadilla,
alientan esperanzas defraudadas.

Las niñas y los niños resucitan
y toman nota clara en su cuartilla:
salvar distancias no son cuentos de hadas.


V

Días de soledades encontradas,
tiempos de alejamientos y distancias,
horas de vagabundeos y errancias,
momentos de verdades confrontadas.

Controlando las salidas y entradas
al trabajo, al mercado y las farmacias,
a la sombra de palmas y de acacias.
Somos personas socialmente aisladas.

Soy una isla, Bob Dylan cantaba.
Si se hubiera visto en este trance,
habría estremecido su canción

con nuevos versos, como acostumbraba.
Y, sin embargo, puesto a hacer balance,
toda isla espera ser atolón.

VI

Tristes van los amores confinados
cuando tienen los pasos bien medidos,
y no salen los planes pretendidos
para intentar hallar a sus amados.

Vuelve Roxana, con los pies cansados,
de tristeza en tristeza, consumidos
los minutos, los párpados caídos.
Toma Juan el bus de los derrotados.

Roxana y Juan, de amores y congojas,
de otoños vacíos, secas las hojas,
tristes, sin horizonte en su mirar.

De pared en pared, la piel, las manos,
solitarios, como buenos ciudadanos,
van al trabajo, vuelven a su hogar.



VII

Un llano en llamas se ha vuelto la vida,
bajo el sol quemante, sin un talud,
que no elude adultez ni juventud.
Así es la enfermedad tan extendida.

Extensa será para quien la mida,
como extensos los días en quietud,
sin otra novedad ni magnitud,
que el trabajo, la casa y la comida.

El llano con su cerca que acorrala,
modernidad que trae su consecuencia,
de doctores, de leyes y de bala.

Mas el pueblo es quien sufre la violencia
y propende al viento, al torrente, al ala,
a un impulso que lo libre con urgencia.

VIII

Aún montaña y selva ante mis ojos,
resquicio de planeta aniquilado,
árbol caído, tocón inflamado,
excedencia en medio de rastrojos.

No es cuestión de caprichos ni de antojos
sostener de la Tierra su costado,
tras el tajo, su cuerpo desangrado,
verdes y azules, trastocados rojos.

¡Que se juega el futuro de la vida!
Aún es tiempo de cerrar la herida
y mantener los ciclos orbitales.

Surge en pandemia este común clamor:
hay que torcer el rumbo hacia estribor,
si se pretende revertir los males.



IX

El zapping de la imagen y el mercado,
momentos consumidos sin sentido.
Reclama por el cierre, lo emprendido.
Nos amenaza el tiempo acelerado.

Dosis de información, poco hay narrado,
la memoria perdida, mucho olvido,
tan solo listas de lo acontecido,
cuadro fugaz, mirar obnubilado.

Cierra los ojos y salva el instante,
date mayor conciencia, hazte sujeto,
deja la rapidez apabullante.

Aléjate de slogan y panfleto,
pon, en todo, la vida por delante.
Que te lo dice tu amigo Anacleto.




I

Trae Irán la gasolina,
surcan sus buques los mares.
La esperan entre cantares
doctores con cloroxina
(no crean en la aspirina).
Que no descuidan ni hablar,
el bien de un pueblo sin par:
su salud es lo primero.
Con ese impuso certero,
vamos juntos a luchar.

II

Si nos quitan la señal,
no por eso sufriremos,
que ya la historia sabemos,
desde el principio al final:
pueblo unido vence al mal.
Nombraremos directiva
contra la acción agresiva,
tomaremos las antenas.
Que entre las tibias arenas,
ni la luna está pasiva.

III

Ya madura el aguacate,
ya la siembra se prepara,
y si con mi voz cantara,
pronto saldría el tomate,
bien lo suelte o bien lo ate,
pues la lluvia pertinaz
impregnaría la faz
de toda esta cordillera,
así es que pronto se viera
todita la tierra en paz.



IV

Madruga el predicador
y cantan las guacharacas,
que ayer cayó agua en Caracas,
y es hoy día del Señor.
Aún dormita el soñador.
En paz amanece el día.
Se anuncia con alegría
nueva etapa, para estar
más sueltos los pies y andar
un poco más por la vía.

V

El azulejo es exceso
a la mirada de tierra,
como es exceso la guerra
que finge razón de peso
y se sella con un beso.
El azul entre el marrón
no guarda comparación,
es exceso a la mirada,
que se ha quedado cansada
sin elevar la visión.

VI

Es moda la bicicleta,
se ha vuelto la solución,
pues si no tienes camión,
o montas la pataleta
y te guindas a una teta,
o en el más correcto hacer,
si no quieres fenecer,
agarras la de dos ruedas
y avanzas, siempre que puedas,
de la casa hasta el taller.




VII

El periquito en su encierro
repite su chachachá,
como el humano que va,
subiendo y bajando cerro,
en su jaula, como un perro.
A levantar la mirada
lo invita su camarada,
que con esta situación
no ha abandonado el bastión
de la lucha enamorada.

VIII

Adriana viste de flor,
el sol alumbra su piel,
destilan sus labios miel,
y es toda ella resplandor.
Revolotea un ruiseñor.
Al otro lado del huerto,
con un viejo gallo tuerto,
viste de flor Dorotea,
que se ha aventado una pea:
quien la ve la cree un muerto.

IX

Andando de conuquero
le salió a Jaime un tigrillo,
botó el sombrero amarillo
y pronto dejó el pelero,
corriendo por el sendero.
A casa, frío llegó,
un guarapo se tomó,
la sangre recuperó,
y no pensó en el abuso:

domingo, 10 de mayo de 2020

De la impensada distopía



La cajera
"Primero me avasallasteis, luego me aplaudisteis y ahora os vuelvo a dar igual":
el testimonio de una cajera. ALEJANDRA DE LA FUENTE (publico.es)

Natalia no daba más de sí. Se sentía desbordada. 

Era el 14 de marzo. Y el cielo había amanecido limpio. Salió temprano con su uniforme azul y el logo identificador de la empresa. Era cajera en una famosa cadena distribuidora de alimentos. El reporte del gobierno de la nueva situación pandémica elevó la afluencia de consumidores como nunca antes.

¿Es ésta la gente más vulnerable, o la más previsora, o tal vez la más influenciable psicológicamente? –se pregunta Natalia mientras las mira pasar. ¿Qué pasa por sus mentes mientras esperan su turno de pago? ¿Organizan su vida metódicamente? ¿Lo hacen en paz consigo, o se llenan de angustia?

El caso es que Natalia está en la caja. No la dejan respirar. Casi ni tiempo queda para distraerse en esas apreciaciones. Otra persona más desfilando. Transmitiendo sensaciones nada pacíficas, nada apaciguadas. ¿O es tal vez Natalia, la que lo siente así? Al cansancio de todos los días, a las várices tan solidarias con su cuerpo, a ese tiempo eterno de pie, “la eternidad y un día”, a ese tiempo se le suma la sensación de angustia.

Y el anonimato de siempre. Lo común en las cajeras, lo de todos los días. Sólo cuentan las manos: recibir productos, tarjetas, billetes, monedas; entregar mercancías facturadas, devolver sobrantes del trámite…. Sin rostro, así somos. Manos y uniforme. Uniforme que nos hace anónimas, unas más a cuenta de la empresa. Alien-adas. Sí, como lo lees: alien = otro, otra. La empresa nos succiona y ya. Dejamos de ser. Cuenta la empresa con su marca conocida. Nuestro rostro ha quedado difuminado.

Ahora, algo había cambiado. ¿Qué intereses nos daban visibilidad? –se preguntaba Natalia. ¿No sería este un juego del mercado para convencernos pacíficamente del bien que hacemos a la Humanidad? Resistir en medio del riesgo. ¿No era el asunto la salvaguarda de los intereses de los poderosos? Y todo ello convenciéndonos de la necesaria filantropía, del amor a los HERMANOS Y HERMANAS. Ahora sí: los consumidores, tan anónimos como las cajeras, vueltos familia.

Objetivo cumplido –dirían ellos. Mantenernos en nuestros puestos sin mayor resistencia. Sin exigir nada a cambio, que la Humanidad bien merece héroes y heroínas, llegado el caso, cristos y cristas que se inmolen. Un poco de visibilidad sería pago suficiente. Unos aplausos diarios, un sentido fervor de masas, levanta el ánimo. Es un buen chute, para seguir en lo nuestro, que es lo de todas y todos. El convencimiento sutil, tenue, diluíble borrable con el tiempo. Pero ahora, en el instante, sí, afirmado sin dudas, proclamado a los vientos. Nuestro importante hacer.

Otro ahora, y nuevo cambio. Me ves y no me ves –como las flores, las palomas y conejos, o las monedas de los magos. O como aquello sobre el Maestro galileo que algunos discípulos transmitieron: dentro de poco no me verán, y dentro de otro poco me volverán a ver.

Sólo que aquí, es al revés. Dentro de poco me ves, y dentro de otro poco ya no me verás. Vuelta a la normalidad. De nuevo olvidada. Soy Natalia, sin rostro. Regreso a casa con el uniforme azul. Estoy cansada. Nadie sigue mis pasos. Anónima. Atrapada en el juego subliminal de la empresa que dirige un mensaje a las neuronas de quienes se cruzan en mi senda.

Habituada dejar los zapatos en la puerta. Habituada a lavarme las manos. Habituada a quitarme la ropa. Y quedar así: desnuda. Natalia.

Xiao
Los sauces verdes señalaban el tiempo del vuelo. Xiao jugaba con su cometa. La había ido fabricado hora tras hora, a ratos perdidos, durante los meses de confinamiento. La estructura de bambú, el fino papel pegado, su forma de chicharra, sus dibujos repetidos de pequeños pinos, el predominio de los tonos verdes y amarillos ajustados a sus deseos.
Con la pandemia a punto de remitir la aldea entró en la fase de desescalada. Los controles sociales fueron reduciéndose. Las situaciones de encerramiento progresivamente se suavizaron. Los pobladores retornaron a sus trabajos cotidianos, los estudiantes a sus clases.
Xiao volaba en su ensoñación, junto a su cometa embellecida días antes. Su larga y hermosa cola verde anclaba un ligero pie a su vuelo.
Poco antes, mientras corría agarrada al hilo de fibra de cáñamo, atrapando el aire necesario para el ascenso de la cometa, sentía su mascarilla molesta.
-Aún recomiendan usarla –pensaba. Aquí, sobre la barbilla, al menos me deja respirar.
Corría con el rostro al viento, tomando el aire con aspiraciones profundas, beneficio que el cuerpo extrañaba tanto como agradecía, en la memoria de encierros y tapabocas, entre límites de paredes y telas….
Vuela ya la cometa. Xiao la contempla. Sin contornos que la atrapen, zarandeada por el viento, en la libertad ansiada. Xiao suelta hilo y asciende más alto el juguete.  Xiao proyecta su deseo. Finalmente, corta el hilo.

El Coronavirus y el Torturador
Todavía tengo las señales. Aún me falta aire. Se sentía con permiso para matar. No creía que fuese tan letal. Sentí mucho miedo, y un dolor intenso. Una sensación de aplastamiento, como un gran peso encima. El fin de la normalidad. Ya nada volvería a ser igual.  Los días se me hacían interminables. Pensaba que no saldría de allí. La conciencia del aire escaso me doblegaba. El calor sofocante. No me restaban fuerzas para ponerme en pie. Hacerlo era un desafío. Somos testigos, lo sufrimos en nuestra carne. 
Firman: los acusadores del torturador. Firman: los recuperados del coronavirus.

Presencié el diálogo agónico.
-Ven aquí -le dijo el corona,
donde las dan las toman.
Me aferro a la garganta de mis víctimas, por ahí golpeo, penetro, hasta el fondo….

El balance no era cero, ciertamente. Para quien se había burlado, con su pandilla de cómplices y jefes, de la verdad y la justicia, de la historia y su memoria, de los sojuzgados y sufrientes, aquello, que lo emparejaba a tantos otros, muchos de ellos ancianos y desvalidos, no podía ser considerado como pago de su culpa, ni aún siquiera como condena.
En las víctimas no causaba la menor alegría. Ya no podría ser condenado en tribunales. Pero algo era algo. Al menos tuvo tiempo para que esas frases y sentires resonaran en su conciencia. El terriblemente famoso torturador era llama de su propio incendio.
 
Guantes de látex
Indira llevaba sus productos al mercado local. Ajíes, cebollines, zanahorias, cilantro… Se había determinado la obligatoriedad del uso de guantes para la venta de las verduras.
La Alcaldía había suministrado varios paquetes de guantes de látex. Guantes naturales. De árbol de caucho.
-Trata de usarlos en esta contingencia.  Pero úsalos bien. Son flexibles, proporcionan sensibilidad y adaptabilidad en las manos. Te permitirán desenvolverte bien con tus clientes en el intercambio comercial –le habían dicho. Y, ante todo, no los botes en cualquier lugar. Que pueden llevar en sí, aferrado a sus partículas, el virus maldito.

Respira con dificultad. Había tomado malojillo y toronjil, pero no se había mejorado. Tres días lleva con ese malestar. La tos insidiosa y esa compresión pulmonar. Por más que ese esforzaba, no se abría su pecho.

Retiene la imagen de sus guantes, adheridos a su cuerpo. Intenta quitárselos. Se niegan a salir. En cada dedo se resisten. Cuando logra despojarse del caucho natural: tan natural como el látex, pegado a la piel, aparece inesperado: EL MIEDO. Un miedo único, con varios nombres: a la soledad, ¿o tal vez al amor?, a la esclavitud, ¿o tal vez a la libertad –dijo Fromm?, al dolor, a la muerte...

Se ha dicho que el amor es la ausencia de miedo. No lo creo. No hay tal. Los humanos llevamos el miedo a cuestas. Tan pegado como guantes de látex. Lo que hay es cobardía para dejarse dominar; amor, para sobreponerse a él; y libertad, para enfrentarlo.

FOTO:


domingo, 12 de abril de 2020

SÍNTOMAS




Hay síntomas de virus
una tos seca
un leve ascenso de temperatura corporal
dolor de cabeza
y tal vez diarrea

Hay síntomas de vida
los azulejos juguetean libres
sin sentirse amenazados
con apenas humanos
el aguacate hermano
los acoge maternal

Hay síntomas de guerra
algunos portaaviones
señorean los mares
algunos funcionarios
verborrean las redes
con lenguaje imperial
que hasta la luna llega

Hay síntomas de muerte
y más que síntomas son
con más de un millón de enfermos
(y los mercados vivos)
por las calles caídos
en fosas abiertas
improvisados cementerios
en Nueva York o Guayaquil
y los mercados vivos
que no quieren ceder un ápice
y arrastran los muertos a la fuerza
y se llevan por los cachos
a los más indefensos

Hay síntomas de estiércol
esparcido en el aire
inunda el Facebook y el WhatsApp
y a otros tantos medios que no están a mi alcance
controlados moldeados monetarizados
hasta los más bellos mensajes
tasados en oro
repetidos mil veces
manipulados
desautorizados
recreados
sin raíz ni rumbo fijo
efímeros discursos e imágenes
con tenue marca neuronal
y más firme huella
en anónima cuenta bancaria
A más encierro
más control
más producto final

Hay síntomas de vida
además de azulejos juguetones
enfermeras que luchan cada día
contra la pura muerte
a riesgo de ellas mismas
Y aún les quedan fuerzas
para denunciar
lo injusto

Cultores de la palabra y la canción
educadores y psicólogos
esperanzas palpitantes
sueños de lo posible
en deseo de nunca más
las calles desiertas
y aires limpios
son síntomas de paz

FOTO TOMADA DE: https://www.aulaspandora.com/blog/40_vida-y-muerte-en-la-tradicion-antigua-de-mexico.html